EL SILENCIO DE LOS BORREGOS

He observado un comportamiento muy curioso en la mayoría del personal. Siempre me ha llamado la atención y por eso quiero compartirlo ahora. Es el silencio sepulcral que guarda la gente en la cola de los bancos. Es algo muy chocante, creo que quitando los entierrros, es donde mayor capacidad tenemos de estar callados.
Si uno va a un hospital, o un ambulatorio de la Seguridad Social, se encuentra todo lleno de carteles de “SILENCIO” con esa foto de enfermera los más antiguos, u otros más modernos con otro tipo de imágenes. A nosotros nos la repantinfla. Hay un rumor constante, niños corriendo para arriba y para abajo y un ruido de fondo de unos cuantos decibelios. Es decir, el descanso de los enfermos, o el respeto de los trabajadores que desempeñan allí su labor nos la trae al pairo. Para eso están, para aguantarnos. Nosotros tenemos que socializar y hacernos notar y oir. Somos como los macacos que chillan para llamar la atención, está en nuestra memoria genética.
Otra cosa muy distinta pasa en la cola de los bancos. A lo mejor es que tenemos una  memoria genética educada en ese sentido. En el sentido del miedo. Quizás lo hayamos heredado de cuando íbamos por la selva en pelotas y no hacíamos ruido para que el león no se nos comiera. Algo así nos debe de pasar. En la cola hay un silencio sepulcral, parece que todos queramos pasar lo más inadvertidos posible. El caso es que en el banco, no queremos que se nos oiga llegar, no queremos alterar el ritmo sosegado del señor calvito con gafas, que está parapetado detrás del mostrador con semblante serio. A ese león le tenemos miedo, quizás se nos coma. Sabemos que la ley le protege y que un cabreo suyo puede hacer que nos denieguen un crédito o que nos cobren intereses de más. Hay que estar a bien con él. Ley de la supervivencia pura y dura. Miedo a enfrentarse con quien corta el bacalao.
Algo así le debe de pasar a los gobiernos europeos. La banca ha metido tanto la pata, y nos ha metido en un agujero tan negro, que todavía no se ve la luz. A nuestros políticos les da igual. Tienen la lección aprendida. Los bancos además, son quienes les financian, por eso no se atreven a cerrarles el grifo. Además, saben que el día que necesiten dinero, incluso para una fianza (nótese el parecido entre finanzas y fianzas), el banco amigo estará allí para prestárselo. Por eso estamos como estamos. Cuando tenemos que votar a nuestros representantes, todos aparecen con sus mejores galas guerreras, dispuestos a enfrentarse a mil leones, (por lo menos en apariencia). Luego viene la cruda realidad. El guerrero que lanzaba un grito de guerra, ahora permanece silencioso y tembloroso delante del león, esperando su misericordia, para que éste no se lo coma. Como el resto de los borregos en la cola del banco. ¿Para qué les hemos votado?, te preguntas entonces.
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